Ceuta, 7 de diciembre de 2025.
Son las 7:50 h y estoy, un día más, en el mirador de Santo Matoso. Hace más frío y humedad que ayer a esta misma hora. Sobre la cúspide del Monte Hacho brillan, a corta distancia una de otra, la luna y Júpiter.

Presencio un amanecer en el que el horizonte oriental está despejado y las nubes bajas empiezan a enrojecerse desde Cabo Negro hasta Ceuta. El color rojizo se va extendiendo como una llama avivada por el aliento de los dioses. A diferencia de otros días, el arrebol se hace patente de manera lenta y pausada, cogiendo altura según se intuye la salida del sol naciente. La luz que nos trae perfila las montañas de la costa rifeña y tetuaní.
Es una tonalidad extraña la del amanecer de este domingo del puente de la Inmaculada. El color ahora rosáceo de las nubes se mezcla con un matiz azul del que surge un violáceo distinto y peculiar que rodea a Ceuta y se proyecta en un mar pausado. Todo hoy transmite una sensación de calma y una ausencia de las habituales prisas.
Una primilla aguarda tranquila al despliegue del día, posada en un tendido eléctrico. Yo, mientras tanto, poso mi mirada en el horizonte. Ya se adivina el punto exacto por el que asomará en un instante el sol. Lo hace como un pomelo luminoso y cegador que despierta a la naturaleza. La luna mira al sol desde la cumbre del Hacho y escucho el graznido agudo de la primilla. Es un instinto natural de las aves cantar al nuevo día. Yo también lo hago, pero para mis adentros. Canto como Walt Whitman a mí mismo, es decir, a mi alma, que requiere para alimentarse de la belleza que en este momento disfruto.
El calor del sol es reconfortante, sobre todo cuando la humedad es elevada y la siento hasta en los huesos.
Me apetecía pasear por la playa y así lo he hecho en Calamocarro. La marea está alta y no desde hace mucho tiempo, pues la arena está empapada y las piedrecitas brillan como joyas esparcidas por la orilla.

Uno de los motivos que me ha animado a pasear por la playa es ver de cerca el verde intenso que cubre las piedras y los arrecifes, hasta hace un rato cubiertos por el agua marina. No es muy distinto del verde de la vegetación del cercano arroyo de Calamocarro.

He recorrido la playa hasta una pequeña ensenada en la que, según reza un cartel, acaba la zona de baño. En esta cala se aprecia la transparencia de estas aguas, que al ir y venir dejan ver las algas adheridas a las rocas.

El incremento del calor contribuye a la intensificación del aroma del mar. También me invita a cerrar los ojos y concentrar la atención de mis sentidos. Después de unos minutos tumbado en la arena, tengo la sensación de respirar mejor y de calma en mi mente inquieta. Con este mismo espíritu camino de nuevo por la orilla, lo más pegado posible al mar para escuchar su rítmico sonido y deleitarme con la transparencia del mar que deja ver el verde claro del fondo arenoso. Cuando regreso tras estar en la naturaleza, me quedo impregnado de su silencio.

En el arroyo de Calamocarro me han recibido un buen número de bulbués naranjeros cantando sin parar. Transmiten una alegría inmensa, de la que enseguida me contagio. Es fácil escucharlos, pero difícil verlos. No obstante, consigo fotografiar a uno de ellos.

Mi paseo por el arroyo de Calamocarro me lleva al “Viejo Sabio”, que siempre se alegra de verme. Pienso que si dispusiera de tiempo, acudiría a su compañía, todos los días, para beneficiarme de su sabiduría. En su compañía siento que toda la naturaleza está viva y que yo pertenezco a ella. Al comienzo de mi etapa como escritor de la naturaleza, me sentía un extraño entre los árboles, los pájaros y las plantas, pero esa sensación ha sido sustituida por un sentimiento de fuerte pertenencia. Las aves ya no me rehúyen, por el contrario, se acercan a mí con curiosidad. Al cerrar los ojos, veo, con toda claridad, que toda la naturaleza que me rodea me observa al unísono, como si mi conciencia y la suya se fundieran en una única realidad que lo envuelve y penetra todo. El alma de este lugar quiere que escriba. Al hacerla real y consciente, se vitaliza, recuperando su imagen primigenia. Yo lo experimento de manera sincrónica. La energía vital discurre por todo mi cuerpo y se concentra en la parte de mi ombligo, como si resurgiera un cordón umbilical que se reconecta con la naturaleza, el cosmos y el origen de la vida.
Tengo la sensación de que mi cuerpo material se disuelve y solo queda mi consciencia y un cuerpo sutil y transparente, tan impalpable como el aire y la luz.
