JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 22 de febrero de 2026.

Son las 7:20 h y estoy en el mirador de Santo Matoso. Es todavía de noche. Domina la oscuridad sobre la luz, al menos en Ceuta. En oriente, que es adonde dirijo la mirada, ha empezado a clarear, al mismo tiempo que una intensa tonalidad anaranjada se extiende por el horizonte, detrás de unas nubes densas y estratificadas. Los mismos cúmulos adquieren el aludido color en este momento, con un cierto matiz cobrizo. Estas nubes coloreadas empiezan a proyectarse en un mar ondulado por el viento de levante. El aliento de Euro trae consigo humedad y frío. Aún quedan veintiún minutos para la salida del sol, tiempo que aprovecho para escuchar a las madrugadoras aves que cantan al nuevo día. Identifico a las currucas, a los chochines y a las gaviotas.

Apago la linterna, colocada en mi frente, que me ha permitido escribir cuando la luz era demasiado débil. Otro entretenimiento, no menos divertido, es fijarme en el lento desplazamiento de las nubes. Generalmente, no prestamos atención al movimiento de las nubes. Tendemos a fijarnos en el cielo como si estuviéramos contemplando un cuadro. Las nubes de esta mañana son grises y pesadas, a tenor de su parsimonioso desplazamiento. Tengo dudas sobre si veré la salida del sol debido a las nubes que se apoyan en el horizonte. En unos pocos minutos saldré de dudas.

Tal y como sospechaba, las nubes han actuado como un telón que ha dificultado la contemplación del sol. Lo que a primera vista parecía un infortunio, ha resultado ser un elemento imprescindible para un bello amanecer.

El dorado del sol se ha disuelto en las esponjosas nubes, dibujando una escena que me atrevo a calificar de divina. Los rayos solares se proyectan en el mar y se dirigen al creador, artífice de este inigualable espectáculo. Este amanecer merece ser reconocido por su belleza, al expresar, con pureza, la esencia divina de la naturaleza. Este criterio para reconocer la belleza, lo leí ayer en la VIII Carta de Carl Gustav Carus sobre la pintura de paisajes. En la última de sus cartas, la novena, que corresponde al número de la diosa, reflexionaba sobre la falta de aprecio a la belleza de la naturaleza.

Resulta extemporáneo lo que yo hago con toda la frecuencia que puedo: contemplar la naturaleza. A este respecto, escribió C.Gustav Carus que quien procura captar la belleza “se aparta, en cierta manera, del mundo, como cualquiera que se ocupa de cosas elevadas e inaccesibles para el pueblo”. No obstante, dijo este mismo autor que “el tiempo del arte auténtico jamás puede pasar porque el arte mismo está por encima de los tiempos, porque es eterno”. Siguiendo esta idea, Carus animaba a los artistas a que se despreocuparan “de cuanto desea la inculta mayoría de los seres humanos” y siguieran buscando las ideas divinas que se ocultan tras la belleza de la naturaleza. Esta búsqueda hay que hacerla “con ojos llenos de amor”, practicando el desapego. Hay que proseguir en el camino, de manera sencilla y despreocupado espíritu, con la vista puesta en el futuro, “pues los mejores sabrán encontrarle y le aliviarán la vida en aquello en lo que pueda esperar alivio de otros”. Con este espíritu contemplo la naturaleza, escribo sobre ella y comparto mis escritos.

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