Ceuta, 31 de enero de 2026.
Son las 7:30 h y me encuentro de nuevo en el mirador de Santo Matoso. Este lugar se ha convertido en mi punto favorito del monte Hacho para contemplar el amanecer. Hoy no parece que vayamos a tener uno especialmente atractivo. Una ancha y tupida cortina de nubes se asienta sobre el horizonte. Otras nubes, aún más gruesas y grandes, ocupan buena parte de un cielo que, en oriente, adquiere lentamente un color celeste.

El viento sigue soplando con fuerza, aunque menos que esta madrugada. Los contenedores de basura han sido desplazados por el aliento de Céfiro.
Hoy no está previsto que llueva, pero con un viento tan cambiante, nunca se sabe. En cualquier caso, hay que aprovechar la corta tregua de este fin de semana para disfrutar de la naturaleza.
Las nubes más difuminadas, cercanas al horizonte, adquieren cierta tonalidad anaranjada. Aún queda media hora para la salida del sol, así que no pierdo la esperanza de captar una bella imagen del amanecer. Según pasan los minutos, esta esperanza se disipa. No hay el más mínimo indicio del arrebol en el panorama. Hace frío.
A las 8:05 h, llega la pareja de cuervos, mientras que las gaviotas empiezan a volar dibujando círculos en el cielo.
De este comienzo de día, lo más atractivo es el color verdiazulado del mar. Esta tonalidad es más verde en la bahía norte, donde la fuerza del viento se nota mucho más. El verde está separado del azul que baña la costa de la península ibérica. No debería extrañarme que el verde sea el color que acompaña a Ceuta, pues esta es la tierra de al-Khidr, el hombre verde.

En mi paseo por el arroyo de Calamocarro disfruto mucho con la gran cantidad de agua que lleva. Nunca había visto tal cantidad de agua en este cauce natural. He ido tomando fotografías y grabando pequeños vídeos para tener un recuerdo de este momento. No sé cuándo volveremos a ver el arroyo de Calamocarro con esta vitalidad.

Para acceder a la parte intermedia del arroyo, me he tenido que descalzar. La sensación del agua fría acariciando mis pies ha resultado muy agradable. Por el contrario, me he llevado un gran disgusto al observar que el Viejo Sabio ha sufrido las consecuencias de los temporales de las últimas semanas. Da la impresión de que el viento ha logrado tumbarlo, pero aún sigue aferrado a la tierra con sus raíces expuestas a la intemperie.

Siento una gran tristeza por el estado de mi amado pino bicentenario, quien me ha transmitido tantas lecciones sobre la naturaleza y la historia de este arroyo. No quiero perderlo. Necesito que siga conmigo, acompañándome en la soledad mientras escribo. Él es mi confidente, mi amigo, el alma de este sitio. Quiero seguir disfrutando de su sombra, de su compañía, de nuestras mutuas confidencias. ¿Por qué la mayoría no es capaz de percibir el espíritu de este lugar? ¿Por qué no escuchan su lamento de pena y dolor por el maltrato que le damos a la naturaleza?
Siento impotencia y un desgarro interior que alcanza mi corazón, ¿Es normal llorar por un árbol? Mis lágrimas, calientes como el fuego, se deslizan por mis mejillas. Limpian mi mirada y refrescan mis ojos, así como me recuerdan que yo también estoy hecho de la misma agua que discurre por el arroyo.
Soy agua consciente, que convierte en pensamientos, sentimientos y palabras lo que percibo con los sentidos sutiles, que toman posesión de mi alma cuando estoy en la naturaleza. Cumplo una función trascendente que me eleva al plano de lo divino. Dios nos necesita para contemplar la belleza de su obra.

En mitad de este arroyo medito sobre el milagro de la vida y el de la tierra orbitando alrededor del sol que ahora calienta mi cuerpo. Desde esta distancia, en la que me sitúo haciendo uso de la imaginación, pierden todo valor el poder y el dinero. Quienes poseen ambas cosas no pueden contemplar el mundo desde la posición en la que me encuentro. No se dan cuenta de que nada de lo que persiguen vale la pena. Lo único que la tiene es dejarse empapar por la corriente de amor que, como el torrente de agua tengo ante mis ojos, hace más evidente la vitalidad de la naturaleza.
El tiempo que algunos dedican a acumular dinero y poder sería más útil, desde el punto de vista espiritual, si lo destinaran al refinamiento de los sentidos y así captar la belleza que nos rodea.
La experiencia en la naturaleza, la compañía de los seres queridos, la fraternidad compartida, la amistad y la búsqueda de la verdad son las cosas por las que merece la pena la vida y la que nos mantienen vivos, como expresó Walt Whitman en uno de sus poemas.
