Ceuta, 23 de noviembre de 2025.
Desde las 6:00 h estaba despierto dando vueltas en la cama. Ayer supe que hoy tendría la oportunidad de contemplar uno de esos amaneceres extraordinarios que nos regalan cada cierto tiempo los dioses y diosas. Ellos han difuminado las nubes con sus delicados dedos, para dejarlas tan finas que el rojo del arrebol las empapa sin dificultad. Este color llega a alcanzar tal altura que la tonalidad entre dorada y rosácea se proyecta por toda la superficie marina de la bahía sur. Es como si unos tentáculos luminosos quisieran arrancar de la cama a los ceutíes para que no se pierdan este espectacular amanecer.

Es un amanecer especialmente luminoso, que ensalza la belleza de este santuario de la vida. La salida del sol es acompañada por los graznidos de las gaviotas que sobrevuelan el Hacho, despertando al resto de aves y criaturas de la naturaleza. Somos los seres humanos quienes seguimos dormidos cuando se produce el milagro de un nuevo día. Precisamente, con esta idea en mi mente, me he puesto a charlar con una pareja de operarios de la limpieza que iban a baldear el mirador. Uno de ellos se ha dirigido a mí para comentarme que los ceutíes tenemos mucha suerte de disfrutar de unos horizontes tan amplios que sirven de escenarios a unos amaneceres y atardeceres únicos. Por desgracia, me dice, muchos vecinos no los conocen ni aprecian lo suficiente, sobre todo los jóvenes que andan, según sus palabras, muy nerviosos y desorientados.

Para no entorpecer el trabajo de los limpiadores, he continuado mi camino y a pocos metros me he encontrado con mi amigo, el fotógrafo Miguel Ángel Domínguez Cebey. Me he parado a saludarlo y hablar, como no, de fotografía. Él también se ha levantado a toda prisa esta mañana para captar imágenes del amanecer.
Miguel Ángel, al igual que quien escribe estas letras, estamos pendientes de la disposición de las nubes para prever aquellos amaneceres o atardeceres que no podemos perdernos por su extraordinaria belleza. No siempre se acierta, pero cuando lo hacemos, nos inunda una gran alegría.
Mi amigo me ha comentado que ha localizado un lugar, situado bajo la planta de transferencia de residuos, desde el que se toman unas fotografías impresionantes. Se trata de las ruinas del fuerte de la Punta de las Cuevas. Se ha mostrado muy contento al ponerle nombre a esta edificación abandonada y rodeada de basura.
Al darse cuenta de que me interesaba conocer el camino que lleva al garitón de las Cuevas, nos hemos acercado al cementerio de Santa Catalina y allí me ha indicado el inicio del sendero que lleva a la mencionada fortificación. Después nos hemos despedido. Miguel Ángel quería hacer un timeless en la playa de Santa Catalina y yo he aprovechado para pasear por el parque de Santa Catalina.

Me ha gustado el aspecto que ofrecía el parque erigido por una montaña de basura. Han plantado tapices de alisos de mar en sus laderas para contener la tierra, ofreciendo una atractiva mezcla entre el verde de las hojas y el blanco de las flores. Hay numerosos bandos de aves revoloteando el parque y desde un acogedor auditorio contemplo el Estrecho de Ceuta.

Los alisos de mar perfuman el ambiente y hacen de este paseo una delicia para los sentidos. También me gusta el pequeño crómlech que han instalado en la parte alta del parque. Responde a una imagen arquetípica que aflora, de manera espontánea, en los momentos creativos, como el que tuvo que sumergirse el diseñador de este lugar, que se ha llenado de vida y de belleza.

Vida y muerte coinciden en este espacio. El cementerio acoge a nuestros antepasados y seres queridos, como mi padre, cuya tumba he visitado. El reciente recuerdo del perfume de los tamarindos es muy distinto del nauseabundo olor que emana de la planta de tratamiento de aguas residuales.
