JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 22 de noviembre de 2025.

Las primeras luces del día las he contemplado sentado en la arena de la playa de Calamocarro. El viento ha virado, en pocas horas, de poniente a levante. Hay mayor presencia de nubes y más humedad en el ambiente.

El mar está encrespado y olas no demasiado elevadas llegan a la orilla. La luz rasante del amanecer transparenta sus crestas blancas y el agua de tonalidad verdosa, que huele a salitre y algas.

Las olas, al deshacerse contra las rocas, generan un estrépito que, en conjunto, resulta ensordecedor.

Dedico un rato a observar cómo se eleva el mar para formar las olas. Es un gesto de fuerza y de dignidad mostrar tanta valentía antes de morir en la orilla.

Un alcatraz se confunde con el blanco de las nubes y coge altura para lanzarse como un torpedo al agua.

Dejo el mar y me adentro en el arroyo de Calamocarro. Me recibe un quinteto de garcetas. También lo hace una brisa fresca y perfumada por el espeso manto vegetal que cubre ambas riberas del arroyo. Entre el follaje se ocultan los bulbués naranjeros que entonan sus melodiosos cantos. El cauce del arroyo está húmedo y embarrado, pero no lleva agua. No ha llovido lo suficiente para que lo haga.

Tierra mojada y hojas doradas son elementos importantes en la estampa típica del otoño. Sobre el suelo humedecido caen las bellotas de los alcornoques, con la esperanza de que echen raíces y brote un retoño.

Los helechos presentan unas tonalidades entre el rojo y el dorado que contrastan con el verde de la hierba que ha crecido tras las últimas lluvias. No solo ha surgido esta hierba, también lo han hecho otros elementos típicos del otoño, como las setas. Al verlas, he recordado que en el entorno de los laureles suelen acumularse las setas en esta época del año. Allí me dirijo haciendo una breve parada para observar a los picapinos.

Cerca de los laureles se conservan grandes y antiguos acebuches; y no menos bellos y vetustos alcornoques. Entre ellos muestran los majuelos sus pequeños y rojizos frutos.

Al llegar al pequeño bosque de laurisilva, he comprobado que no había setas. No ha llovido lo suficiente para que salgan. No obstante, siempre merece la pena visitar este lugar, en el que uno percibe con claridad la huella de los pobladores medievales del arroyo de Calamocarro. Ellos debieron plantar los acebuches, alcornoques y laureles que ocupan este bello y acogedor espacio.

En estos días ando releyendo las reflexiones de Lewis Mumford sobre los grandes trascendentalistas norteamericanos: Emerson, Thoreau y Whitman. Precisamente hoy he echado en la mochila el libro “Naturaleza” de Ralph Waldo Emerson. Esta obra recoge los principios básicos del trascendentalismo y la mística de la naturaleza. He estado unos minutos leyendo, pero lo que realmente me apetece es escribir sobre lo que percibo, siento y pienso en este instante.

Escucho a un picapinos y a los curiosos petirrojos; contemplo la belleza de este rincón apartado de la naturaleza; presto atención a la ocultación del sol por las nubes, a la caída de las bellotas de los alcornoques, al propio discurrir del bolígrafo por la libreta para plasmar por escrito mis pensamientos.

Se abren de nuevo las nubes y el sol vuelve a iluminar el bosque. Reluce el verdor de las hojas de los árboles y el vivo rojo de los frutos de los majuelos. Con la luz radiante que se abre entre las ramas, se eleva mi ánimo y la inspiración de mi escritura. Una humilde planta de poleo despierta mi ternura. Es joven, bella y desprende un olor muy agradable. Su diminuta flor acampanada aporta un toque de color al paisaje otoñal.

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