JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 20 de abril de 2023.

Hoy jueves es festivo en Ceuta, como también lo será mañana. Aprovechando la ocasión me he acercado a Punta Almina para contemplar el amanecer. A diferencia del pasado sábado, hoy sopla viento de levante con su habitual humedad y sus colores grisáceos. El cielo está algo nuboso, sobre todo en la bahía sur, la norte está más despejada. Siento el frescor del viento en mi rostro. Aún faltan cinco minutos para que salga el sol, mientras que me dedico a escribir. La gaviotas no se retiran mucho de la costa. Sobrevuelan los acantilados del Monte Hacho emitiendo sus particulares graznidos.

 

Espero expectante el alba. Es difícil saber cómo será. A pesar de haber presenciado muchos amaneceres nunca he logrado prever su belleza. Siento curiosidad por presenciar el espectáculo que esta mañana nos ofrecerá el sol. Según se acerca el momento, los bordes de las nubes empiezan a tomar una tonalidad rosácea que presumo no tardará en volverse rojiza. El sonido del oleaje incrementa su intensidad, como si la luz del sol lo animara y diera más brío. Una cortina de nubes bajas impiden ver la salida del sol por la línea del horizonte, de forma que los rayos solares se transforman en unas potencias luminosas que recuerdan al nimbeo de la corona del dios Helios. El carro del héroe solar inicia su recorrido por el cielo, cada vez más celeste y luminoso.

 

La naturaleza se despierta casi al unísono. Todo un coro de aves comienza su canto, incluido el chirrido agudo de los vencejos.

Medito unos segundos sobre la belleza de este lugar que constituye una privilegiado balcón al Estrecho de Gibraltar.

Siempre me ha preocupado que Ceuta fuera una gran desconocida y que pocos aprecien su belleza. He necesitado mucho tiempo para entender que ella solo se muestra a quien lo merece. Muchos o pocos es lo de menos para ella. A mí también ha dejado de inquietarme el número de personas que se interesan por mis escritos. De hecho son muchos los que permanecen inéditos esperando su momento para hacerlos públicos.

Cientos de gaviotas se arremolinan en el cielo a mi paso, como si estuvieran esperando una ocasión para lanzarse al inmenso mar.

Más tarde, mientras desayunaba, recordaba los extraordinarios rostros esculpidos en piedra hallados en el yacimiento tartésico del Turuñuelo. Son unos rostros bellísimos, los cuales, como han dicho los responsables de este yacimiento, ponen por primera vez cara a los tartesos. Esta nueva reaparición de la diosa me ha recordado mi encuentro con ella hace unos años. En la noche del pasado martes al miércoles estuve soñando con la diosa. No recuerdo bien el sueño. Lo único que recordaba era que tenía que sumar el número veintiuno con el siete, cuyo resultado es veintiocho, uno de los números mágicos vinculado a la diosa Luna. Al despertarme, busqué la imagen de la diosa de Turuñuelo y en ese momento reconocí en sus pendientes a la luna. El inconsciente me ha indicado la senda interpretativa de estas magníficas representaciones femeninas.

Tras dar un paseo por el arroyo de Calamocarro, me he sentado en un claro cercano al centenario chopo. Son las 9:55 h. Me integro en este mundo de luces, sombras, árboles, hojas, plantas, flores y aves. Quien me ofrece su sombra es una frondosa higuera y un chirimoyo.

Además de las aves percibo el incesante zumbido de los insectos polinizadores que se entegran con pasión a su labor. La brisa de levante se cuela por el arroyo y mueve las hojas desprendiendo las secas que aún perduran del invierno. La renovación de la naturaleza avanza a buen ritmo. Yo cumplo mi función de observador y alquimista que transmuta los hechos cotidianos de la naturaleza en pensamientos, belleza y poesía.

Siento lo eterno de una naturaleza que desconoce las prisas y el estrés en el que nos movemos los humanos. Como le comentó un sabio indio a C.G.Jung, los occidentales van siempre corriendo de un lado a otro sin conocer muy bien su destino. Corremos como pollos sin cabeza con la sensación de que siempre vamos tarde. Todo lo que no sea producir se considera una pérdida de tiempo.

No podía dejar de venir a saludar a mi viejo amigo, nunca mejor dicho, el “abuelo de Calamocarro”. El camino que me lleva hasta él está completamente cerrado por los helechos, pero lo conozco tan bien que no me cuesta nada atravesarlo. Después de muchos años de amistad, hoy me muestra su rostro. Tiene una expresión triste y llora por su ojo izquierdo. Su rostro está deformado por el paso de los años, en especial su nariz y su boca ladeada. Al hablar con él me dice que no es tanto tristeza, como cansancio. No obstante, agradece que venga a verlo, que le bese y abrace. Le gusta la compañía humana que ama y respeta a la naturaleza. Me pide que siga protegiendo a la naturaleza ceutí y dando a conocer su sacralidad y magia A mí se me ha concedido ver lo que la mayoría no logra apreciar con sus ojos de carne.

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