JOSÉ MANUEL PÉREZ RIVERA, ARQUEÓLOGO Y ESCRITOR
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Ceuta, 18 de abril de 2026.

Cuando me he despertado a las 6:55 h, lo primero que he hecho es asomarme por la ventana, para ver cómo iba a amanecer el día. Había nubes y niebla, por lo que estuve a punto de volver a meterme en la cama. Entonces pensé que, ya que estaba despierto y era sábado, no perdía nada con salir a contemplar el amanecer.

Al doblar la curva del Sarchal comprobé, con alegría, que entre las nubes y el horizonte se había introducido una cuña roja, como los pétalos de una amapola; y dorada, como el sol. El triangular haz luminoso se ensanchaba por todo el horizonte, hasta el peñón de Gibraltar. Desde la mítica Calpe hasta Occidente, las nubes volvían a cubrir el Estrecho.

El mar era un auténtico espejo de bordes curvos, en el que se reflejaba el arrebol y las nubes violáceas, impregnadas aún de la oscuridad de la noche, se superponían al celeste del nuevo día.

La esfericidad de la tierra era, esta mañana, especialmente marcada. Yo sentí que estaba en su centro. El círculo sagrado, mítico y mágico del Estrecho de Ceuta era abarcable con mi mirada al girar sobre mi propio eje imaginario. Dentro de este círculo se contenía mi paraíso terrenal, reflejo del celestial. Su extraordinaria belleza me animaba a intentar captarla con mi máquina fotográfica. En poco más de un cuarto de hora he tomado centenares de fotos, sobre todo en los instantes previos a la salida del sol y durante su ascenso desde el calmado mar. A su alrededor se concentraba una intensa luz rojiza, como la misma sangre, que empezó a trazar un camino, de la misma tonalidad, en la superficie marina. Fue en este momento, cuando las gaviotas se lanzaron al aire, al unísono, desde sus escondrijos en los acantilados del Hacho y empezaron a volar, todas juntas, sin alejarse de la costa. Desde el sendero perimetral del Hacho escuchaba el despliegue de sus grandes alas y sus graznidos. Tuve la sensación de que, esta mañana, había más gaviotas de lo habitual en el monte Hacho.

Hoy el día no es tan húmedo como el de ayer. La temperatura ha subido y la niebla ha desaparecido. El horizonte peninsular está brumoso, como es habitual en los días de levante. Yo me he sentado a escribir en uno de los peldaños de las escaleras que llevan al fuerte de Punta Almina. Desde aquí tengo una vista panorámica del Estrecho, hoy azul y en calma. La brisa del levante atenúa el calor que producen los rayos solares en las primeras horas de la mañana. La luz que desprende el sol resalta el verde de las altabacas, los lentiscos, torviscos y escobones, así como el amarillo de las flores de estos últimos, de los dientes de león y las vinagretas. Entre ellas asoman las moradas y curiosas flores de los jopos. Este color se combina con el púrpura en las flores de los conejillos.

Las capuchinas naranjas dan otro toque de color a este lugar y también de perfume, que atrae a cientos de abejas. Esta fragancia resulta embriagadora. Al acercarme a las capuchinas siento un leve pinchazo en la pierna. Es un cardo que llama mi atención para que me fije en la belleza de sus flores puntiagudas y moradas. La llamada flor de la viuda es bellísima, con sus diminutas flores rosas.

A los asteriscos marítimos les gusta más aferrarse a las rocas. A estas horas expulsan el exceso de humedad, reconocible en la espuma que sale de sus hojas. Algunas flores de asteriscos, con los primeros rayos del sol, parecen la obra de un maestro joyero.

Me llama poderosamente la atención cómo se abren las lechugas silvestres. Permanecen encapsuladas, hasta que se abren, mostrando sus hojas dentadas y olorosas, que recuerdan a las escarolas.

En mi paseo escucho y veo a las currucas capirotadas y a los pinzones. Uno de ellos porta en su pico una ramita para preparar su nido. Los humanos no somos los únicos seres vivos que andamos siempre ajetreados.

 

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